N.A.D.A
(ya no valgo ni para incrustar un vídeo del youtube)
Señor, concédeme la serenidad necesaria para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar, y la sabiduría para saber distinguirlas.
Un desajuste administrativo en el traslado de mi empadronamiento me ha impedido votar, eso y que mi suposición “5 meses serán suficientes para que se complete exitosamente el trámite” no puede ser más errónea.
Así que medio año aprox después de la Spanish Revolution, de ver cómo el pueblo español sale a la calle por primera vez en lo que yo puedo recordar, de tener algo de esperanza en que las cosas podían cambiar, para luego perderla por completo, ahora sí, yo estoy indignada. Estoy indignada porque no me han dejado participar en la elección, me he quedado con cara de tonta porque “no puedo votar”, no puedo poner ese papelito en la cajita transparente para influenciar en la medida de lo posible en el futuro del país en el que vivo. Sencillamente no puedo, you are not allowed, this is forbiden for you. Te jodes. Me importa un #$%& lo que piensas, si estás segura, si no, si has pensado, si te has molestado en leer los programas electorales (existen?), si por una vez has pensado que tu voto podría ser útil, si has comenzado el cambio en ti y realmente quieres hacer de este país un lugar mejor en el que vivir, o si sencillamente querías hacer el paria introduciendo una copia del soneto “A una nariz” para realmente expresar lo que opino del panorama. Da igual. No me voy a molestar en mirarlo, de hecho no quiero ni que abras la boca, que ni se te ocurra hacerlo. Ni por asomo.
Me encanta como funciona el mundo.
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Por fin, me he librado de las cadenas que me ataban a una vida convencional, aburrida hasta la saciedad, fiel al orden establecido. Joaquín y yo llevábamos 5 años juntos y habíamos pasado por todas las etapas que él creía formaban el orden a seguir en la evolución personal de la pareja.
Pasé un largo letargo en el que viví adormilada, éste me preparó para la primavera, me alimentó de forma que fui capaz de romper la piel que se había impuesto y salí de la oscuridad. Ahora cambio la venda que cegaba mis ojos por unas coquetas y atrevidas gafas de sol, el gorro pesado de lana que cocía mi mente por una extravagante pamela de vivos colores a juego con mi vestido corto, que sustituye el hábito roído que solía llevar.
Estoy redescubriendo los colores, los sabores, los tonos de risa que puedo llegar a escuchar y producir en la misma conversación. Este renacer de mis cenizas, redescubrir a tantos amigos que había dejado en el camino me reafirman en mi decisión de volver a la soltería, mi estado natural del que me arrancaron, casi sin preguntarme. Poco me importa ahora que sus intenciones fueran inciertas.
Mi sonrisa al levantarme, mis esfuerzos por despertarme antes incluso de la hora para vivir todo lo que puedo de cada día; mi actitud activa y gozosa ante cualquier tarea; mis reacciones espontáneas sin dueño; todas ellas han nacido sin necesitar más abono que los restos putrefactos de una relación que tuve el valor de terminar y hoy me ayudan a que ame la vida libre, abierta, desenfadada, voluntaria e incensurable, ni siquiera por mí.
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Mi madre tiene 60 años y siempre ha sido ama de casa. Ha tenido 5 hijas y ha cuidado de 4 abuelos, todo ella solita. Ha trabajado como el que más aunque no ha cotizado ni un minuto a la Seguridad Social. Es una de las personas con más fuerza de voluntad que conozco, aunque tiene más faltas de ortografía que un niño de primaria.
De pequeña debía ayudar en las tareas de la casa y del campo, pues vivía en un pueblo rural en la España profunda de la posguerra, y apenas tenía tiempo de ir al colegio. A los 12 años cayó gravemente enferma, de albúmina le dijeron, y pasó varios meses encamada sin levantarse. Cuando milagrosamente curó, el fin de la enfermedad supuso también el fin de su educación reglada y pasó a dedicarse por entero a coser, tejer, hacer conservas, segar, vendimiar, todo manual y de la forma más precaria que puedas imaginarte, y por supuesto sin ningún tipo de retribución económica, trabajaba para la familia y además era mujer.
Hoy mi madre sigue siendo ama de casa, para mí la mejor, a la que animo a ocuparse de ella misma más de los demás, que ya no la necesitamos como antaño. Seis décadas después puede dedicar más tiempo a lo que ella decida libremente porque no hay ningún deber alrededor que decida por ella sus prioridades. Bien merecido lo tiene.
No consigo recordar el primer día que la senté delante del ordenador y le enseñé lo que era Internet, que con escribir un par de palabras y manejar ese aparatejo llamado ratón puede ver, leer y escuchar lo que le apetezca, desde las fotos hechas por los jovenzuelos en la celebración nocturna anterior a la romería del pueblo, hasta los vídeos que los vecinos graban la tarde siguiente, ya con la imagen de la virgen en procesión, pasando los comentarios que a posteriori los paisanos hacen una vez han pasado la resaca de la misma.
Cada semana da un pasito más en su conquista a esa brujería (como ella la llama) que hay dentro de la torre del viejo K6-2 que yo comprara hace 10 años. La misma máquina que me permitió labrarme un futuro supuestamente mejor ahora satisface (con cierto retardo) los deseos de toda una señora a la que la vida le debe más favores de los que puede pedirle, y que a pesar de tener la posibilidad de pasarse al lado oscuro puesto que ya nada le queda por dar, sigue conservando la humildad y la entrega que hacen de ella una persona extraordinariamente ordinaria.
Aún no ha llegado el momento de enseñarle como funcionan el resto de periféricos: el escáner, la impresora, los discos duros portátiles, la web cam. Lo aparatoso de conectar estos aparatejos añaden un engorro que por el momento no compensan con el beneficio de su uso puede proporcionar. Sin embargo están en la misma mesa del ordenador, junto a él, y mi madre no pierde ocasión para limpiarles el polvo, y de paso curiosear cómo están enchufados esos artilugios cuyos mecanismos le resultan tan desconocidos como interesantes. Normalmente se dedica a estos menesteres mezcla investigación y mantenimiento primario por la mañana, mientras yo estoy fuera trabajando, pero el azar (o según ella la brujería del aparatejo) propiciaron que ayer por la tarde la pillara in fraganti de rodillas frente a la impresora, intentando sacar la pelusilla que queda atrapada entre los pinchos del antiguo enchufe paralelo con las uñas de una pata de pollo cuya procedencia desconozco y sinceramente no tengo ninguna intención de descifrar.
- ¿Qué haces mama? – le pregunté sin siquiera dar la hora.
Lentamente se incorporó y se dio la vuelta, y mirándome a través de las gafas que usa para leer, escribir, coser y cualquier ocupación que requiere la vista que ha perdido con el paso de los años, me contesta:
- ¿Que qué hago? Pues tratar de aclarar la vereda de los bits, que yo no sé como son capaces de moverse por este camino lleno de broza, parece que no han pasado la escoba por aquí desde que Franco era corneta. Luego querrás imprimir algo y me dirás que no funciona porque yo la trasteo, y lo que pasa es que la usas de higos a brevas, y claro, los conductos se enlodan si los dejas a la buena de dios.
- Ah … vale … pues no te interrumpo. Si necesitas algo …
- ¡¿Qué voy a necesitar?! ¿No ves que tengo una buena herramienta? No hay roña, por muy agarrá que esté, que una uña de gallo no arranque …
Y con esta sentencia vuelve a su tarea. Como bien sabemos, la realidad siempre supera la ficción.
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