domingo, 8 de marzo de 2020
Justo hace un año cambié la asistencia a la manifestación del
día de la mujer por viajar a Madrid. Iba yo sola a asistir a la grabación del
programa 500 de un podcast que había comenzado a escuchar algunos meses atrás.
La música siempre ha estado presente en mi vida. Ha jugado un papel fundamental
en algunos de los momentos más difíciles y cruciales que he vivido. En los
últimos años, la vorágine del trabajo y los desplazamientos, habían propiciado
que dejara esta afición atrás, hasta que la combinación del deporte y este
podcast, trajeron de vuelta una década clave para mí, los 90.
Mi vida ha cambiado a mejor desde la grabación de ese
programa. Por primera vez mi voz se escuchó en las ondas, y estoy bastante
contenta de la intervención, sobre todo teniendo en cuenta que fue completamente
improvisado. Allí conocí a personas que comparten la pasión por la música, con
un estilo cercano al mío. Personas con las que he asistido a muchos conciertos
desde entonces. Personas de las que estoy aprendiendo mucho y gracias a las
cuales recupero la fe en que el mundo me ofrece la posibilidad de hacer aquello
con lo que más disfruto.
“Pedid, y se os dará”. Pedí música, y con bienvenido a los
90, tengo para hartarme.
Feliz domingo.
domingo, 20 de octubre de 2019
La furgo
-
¿Vendes
la furgo? ¿Por cuánto? Está muy chula
-
Bueno,
como mínimo me gustaría 18.000, pero el precio es negociable. ¿Estás
interesada?
-
Ay
… sé que no debería ni mirarla, porque luego me pongo a hacer cuentas de cuánto
creo que la voy a usar y cuánto me cuesta … y no tengo del todo claro que me
compense. Pero si la veo … me voy a encaprichar.
-
De
eso se trata. Al final seguro que la usas. ¿Por qué no vienes un finde y la
pruebas?
-
Puff
… ya me estás poniendo la miel en los labios …
-
Jejeje
… va, vamos un finde, te enseño los
trucos para conducirla fácil.
(ella
mira con incredulidad, ¿Qué está queriendo decir exactamente?)
-
(él
ríe) ¿Por qué pones esa cara? No sería la primera vez que invito a alguien a
pasar un par de días fuera en la furgo. Conozco sitios muy guapos a los que ir.
-
Ah,
que te refieres a ir los dos juntos un finde, fuera, en la furgo.
-
Sí
(él la mira fijamente a los ojos).
-
Ah
(ella siente una mezcla de pudor, nerviosismo y reparo hacia la oferta).
-
¿Qué
pasa? – pregunta él, inseguro.
-
Ostia.
Es que verás, ¿cómo es que me invitas? Es decir, lo normal sería que una tarde
probara un rato la furgo y ya está. Me parece muy de agradecer, pero, ¿a qué
viene invitarme a todo un finde?
-
Bueno
Mayte es que me apetecería conocerte un poco más y cuando me has dicho que
estarías interesada en la furgo, me lo has puesto a webo.
Ella
se echa la mano a la frente y amaga la cabeza. Él mira callado. Aprieta un poco
los labios. Tras unos segundos de silencio ella lo mira tapándose la boca.
Respira profundo.
-
Es
que … - dice ella rascándose la ceja – a ver, cómo te lo digo. ¿Vamos fuera un
momento? Que me de el aire un poco y no haya mucha gente.
-
Vale
-
David
tío, - seguía con la mano tapándole parte de la cara. Ahora se tocaba la nariz
arriba y abajo con los dedos – mira, siendo ultra-honesta, me encantaría a mí
también conocerte más, de hecho no me esperaba que me dijeras eso. Pero …
-
¿Qué?
Si tú también quieres pasar un finde conmigo, ¿Qué problema hay?
-
Pues
… es que creo que nos podría perjudicar … trabajamos en el mismo sitio, pasamos
mucho tiempo en la misma oficina … y mezclar el deber con el placer nunca me ha
salido bien.
-
Mayte,
a mí también me da miedo. ¿Crees que ha sido fácil para mí proponértelo,
teniendo en cuenta lo cotillas que son todos en la oficina? Pero creo que compensa. La vida es demasiado corta
como para dejar de hacer lo que te pide el corazón sólo porque tienes un poco
de miedo, o porque antes de empezar ya ves alguna piedra en el camino.
-
Joder
David, qué profundo … veo que llevas un tiempo dándole vueltas al tema. Y ahora
qué hago yo …
-
Pues
venirte el finde, sin ninguna pretensión, ni prejuicio, ni compromiso. A los
dos nos gusta la naturaleza, ¿no? Pues vamos por ahí, nos damos una caminata,
charlamos, … y que pase lo que tenga que pasar. Lo que sea estará
bien. ¿Nos vamos?
-
A esa
oferta no hay razón alguna para decir que no. Nos vamos.
Feliz Domingo
Feliz Domingo
Etiquetas: idas y vueltas, intentos
domingo, 11 de noviembre de 2018
Ella, él y el perro (siguiente versión del relato "ella huyó hacia delante")
Ella comenzó a salir con él como quien se apunta al gimnasio,
para tener una vida más saludable.
Él deseaba crear un hogar. Su numerosa familia también lo
esperaba. Así lo comentaban todos, entre risas y bromas, cada año en las
comidas de navidad y en las celebraciones de cumpleaños. Él soñaba con una
pareja estable, que le ayudara a elegir los electrodomésticos, a decorar las
habitaciones del piso como si fueran de revista y a turnarse para conducir el coche
familiar en los viajes de verano.
Ninguno de los dos se preocupó demasiado en descubrir las
motivaciones del otro, ni qué objetivos tenían en la vida, aunque sus
necesidades, a priori, parecían complementarse. Ella anhelaba estar cerca de
alguien que la besara, una persona a quien abrazarse y con quien hacer el amor
cada vez que su cuerpo se lo pedía. Él buscaba una pareja que presentar a su
familia, que estuviera a su lado, sonriente y agradable.
No habían pasado dos meses desde que se conocieron cuando
ella se mudó a su piso. Se trataba una ático un poco viejo, con terraza y bien
situado, heredado de un tío-abuelo tres meses atrás, que con un lavado de cara
quedó listo para decorarlo a su antojo.
A ella le gustaba montar muebles de los que traen un manual
de instrucciones. Fueron la única pareja del centro comercial que no se peleó
el sábado por la tarde comprando mobiliario. Mientras él comprobaba que las
medidas de la estantería encajaban en el salón, ella calculaba cuántos libros
podrían colocar. La elección del color fue fácil. El marrón combinaba con las
cortinas y el sofá, algo que a él le parecía imprescindible y a ella le traía
sin cuidado.
Unos días más tarde surgió la propuesta de comprar un lavavajillas.
Él esperaba invitar a menudo a sus familiares a comer o cenar. También que en
unos años su descendencia ocupara las habitaciones de invitados. Ella bajó la
mirada y le escuchó sin articular palabra.
En una ciudad cercana, había una protectora de animales en
la que trabajaba una amiga de ella. El domingo siguiente, se pasó por allí y adoptó
un perro marrón que había sido abandonado en una carretera. El animal era
grande, manso, de pelo largo, y rozaba con el hocico a quien le hiciera
carantoñas. Esa misma noche le puso una manta vieja en la terraza para que
durmiera fuera. A partir de entonces él no volvió a mencionar el tema de los
hijos.
Al llegar agosto, él decidió irse al pueblo de sus padres
para pasarlo allí con ellos, ella no podría acompañarlo porque le tocaba
trabajar. El pueblo estaba muy alejado de la ciudad en la que vivían, en un
lugar recóndito al que sólo se podía llegar por carretera. Cuando cerró la
puerta al marcharse, ella sintió un escalofrío que le atravesó el estómago.
En su primera noche
sola, pidió comida china a domicilio para cenar. Solía hacer el mismo pedido cuando estaban los dos. El
perro la miró fijamente mientras ella comía viendo la tele.
Los días pasaban. El perro la esperaba sentado en la terraza
justo detrás de la puerta corredera que
la separaba del salón. Arañaba el cristal con las patas delanteras nada más
verla, y se le abalanzaba en cuanto la puerta abierta se lo permitía. Saltaba
en torno a ella sin parar y le daba lametones.
Una tarde especialmente calurosa, mientras veía corretear al
perro en el parque, se sentó bajo la sombra de un pino, cogió el teléfono y lo
llamó. Hacía ya semana y media de su partida. El teléfono estaba apagado o
fuera de cobertura. Cuándo él le devolvió la llamada un rato después, ella estaba
tomando algo en una terraza con el perro sentado al lado. Silenció el móvil y continuó
saboreando la cerveza fría y las bravas.
Al llegar al piso dejó las llaves en el cuenco que había en
el mueble del recibidor. Al lado tenían una foto de los dos entrando juntos al
ático. Observó que ambos tenían una sonrisa extraña, que no era alegre ni
falsa, y pensó que también era raro que no lo hubiera notado antes.
Pasó otra semana. Su vida era un ciclo que se repetía cada
día de lunes a viernes. Trabajar, pasear al perro, cenar y dormir. Los sábados
y domingos dormía hasta que el calor se lo permitía y después se refrescaba con
la manguera en la terraza. No salía ni a la piscina municipal.
En una ocasión no pudieron dar el paseo habitual debido a
una tormenta. Miró al perro que estaba tumbado en una toalla vieja que ella le
había colocado en el salón. Golpeó dos veces con la mano el asiento del sofá, a
su lado. El perro se subió al mismo por primera vez, apoyó la cabeza en su
regazo, y la miró arqueando las cejas.
La noche siguiente el animal se acurrucó en el sofá sin que
nadie lo llamara, mientras ella tomaba un helado y veía la tele. Cuando se fue
a acostar, el perro la siguió y se subió a la cama, estirándose en toda su
largura a su lado. Moviendo suavemente la cola abanicó sus pies hasta que ella
concilió el sueño.
Algo caliente y húmedo en su frente la despertó horas
después. El perro la estaba lamiendo a la vez que apoyaba la pata en su cuello.
Al notarla despierta, el perro se inquietó, retiró su pata y comenzó a tocar
con su hocico las mejillas de ella, moviéndolo arriba y abajo repetidamente,
como si la estuviera olisqueando. Ella lo acarició en la cabeza y por detrás de
las orejas con parsimonia, con actitud ausente.
Otra noche abrió la nevera para prepararse la cena. Los
tomates frescos comprados esa misma tarde contrastaban con los restos de comida
china que aún seguían ahí, putrefactos, abandonados en un lugar que no les
correspondía.
Cuando terminó la ensalada de tomate, miró embobada la
previsión del tiempo que siempre comentaba con él, a la vez que cogía
maquinalmente el cojín que estaba a su lado y lo apretaba contra el pecho.
Casi sin darse cuenta se encontró mordiéndolo con furia hasta rasgar la funda
de tela. Lo tiró luego en mitad del salón y apagó la televisión. Todavía tenía
hambre.
Un día antes que él volviera, ella le dejó una nota en el
salón: “Me voy. Me llevo al perro. Ya vendré a por mis cosas.”
Dejó su maleta en el suelo al otro lado de la puerta, la cerró
con llave y apoyó la frente en la misma. Le faltaba el aire. Cuando levantó la
cafeza y la giró, vio el perro sentado en el suelo, que movía la cola mientras
clavaba sus ojos marrones en ella. El ascensor tardó una eternidad en subir. Las
puertas se zarandearon tanto al abrirse que parecieron desencajarse.
Feliz domingo
Etiquetas: intentos
jueves, 25 de octubre de 2018
Ella huyó hacia delante
Ella comenzó a salir con él como quien se apunta al gimnasio,
para tener una vida más saludable.
Él deseaba crear un hogar. Su amplia y numerosa familia también
lo esperaba. Así lo comentaban todos, entre risas y bromas, cada año en las
comidas de navidad y en las celebraciones de cumpleaños. Él soñaba con una
pareja estable, que le ayudara a elegir los
electrodomésticos, a decorar las habitaciones del piso como si fueran de
revista y a turnarse para conducir el coche familiar en los viajes de verano.
Ninguno se preocupó demasiado en descubrir las motivaciones
del otro, ni qué objetivos tenían en la vida, aunque sus necesidades, a priori, parecían complementarse. Ella anhelaba
estar cerca de alguien que la besara, acariciara, una persona a quien abrazarse
y con quien hacer el amor cada vez que su cuerpo se lo pedía. Él buscaba una
pareja que presentar a su familia, que estuviera a su lado, sonriente y
agradable.
No habían pasado dos meses desde que se conocieron cuando
ella se mudó a su piso. Se trataba una
vivienda un poco vieja, grande y bien situada, heredada de su abuela tres meses
atrás, que con un lavado de cara quedó lista para decorarla al gusto.
A ella le gustaba montar muebles de los que traen un manual
de instrucciones. Eran la única pareja del centro comercial que no se peleó el
sábado por la tarde comprando mobiliario. Mientras
él comprobaba que las medidas de la estantería encajaban en el salón, ella
calculaba cuántos libros podrían colocar. La elección del color fue fácil. El
marrón combinaba con las cortinas y el sofá, algo que a él le parecía
imprescindible y a su pareja le traía sin cuidado. Una vez chequeado que su
biblioteca particular cabía en el mueble, ambos volvieron a casa satisfechos con
su compra.
No tenían lavavajillas
y él le propuso comprar uno. Esperaba invitar a menudo a sus familiares a
comer o cenar. También que en unos años su descendencia ocupara las
habitaciones de invitados. Su pareja bajó
la mirada y le escuchó sin articular palabra.
El domingo por la
tarde ella fue a la protectora de animales y adoptó un perro marrón que había sido abandonado en una carretera.
El animal era grande, manso, de pelo largo, y rozaba con el hocico a quien le
hiciera carantoñas. Esa misma noche le puso una manta vieja en el balcón para
que durmiera fuera.
Llegado el primer fin
de semana de Agosto, él quiso marchar al pueblo de sus padres para pasar allí
el mes de vacaciones. A ella le tocaba trabajar y temió sentirse sola en el
piso durante este tiempo.
En su primera noche de soledad, pidió comida
china a domicilio para cenar. Hizo el mismo pedido que cuando estaban los dos.
El perro la miró fijamente mientras ella comía sola, viendo la tele, e
ignorando al animal.
Los días pasaban.
El perro la esperaba sentado justo detrás de la puerta de entrada y se le
abalanzaba nada más cruzaba el umbral. Le daba lametones y saltaba repetidamente en torno a ella durante varios minutos.
Otra noche abrió la
nevera para prepararse la cena. Los tomates frescos comprados esa misma tarde
contrastaron con los restos de comida china que aún seguían ahí, en proceso de
putrefacción, abandonados en un lugar que no les correspondía.
Cuando terminó la
ensalada de tomate, miró embobada la previsión del tiempo que siempre comentaba
con él. Cogió un cojín, lo apretó contra el pecho y lo comenzó a morder hasta
rasgar la funda de tela. Soltando un gruñido, lo tiró en mitad del salón.
Hacía calor y la puerta del balcón estaba abierta. Miró al animal. Golpeó dos veces con la
mano el asiento del sofá, a su lado. El perro se subió al mismo por primera vez,
apoyó la cabeza en su regazo, y la miró arqueando
las cejas.
La noche siguiente el
perro se acurrucó en el sofá sin que
nadie lo llamara mientras ella tomaba un helado y veía la tele. Cuando se
fue a acostar, el perro la siguió y se subió a la cama, estirándose en toda su
largura a su lado. Moviendo suavemente la cola abanicó sus pies hasta que ella
concilió el sueño.
Algo caliente y
húmedo en su frente la despertó. El perro la estaba lamiendo a la vez que
apoyaba su pata en el cuello de ella. Al notarla despierta, el animal se
inquietó, retiró su pata del cuello y comenzó a tocar con su hocico las
mejillas de ella, moviéndolo arriba y abajo repetidamente, como si la estuviera
olisqueando. Ella lo acarició en la cabeza y por detrás de las orejas con
parsimonia mientras lo miraba a los ojos.
Un día antes que él volviera, ella le dejó una nota en el
salón: “Me voy. Me llevo al perro. Ya vendré a por mis cosas.”
Salió, cerró la puerta con llave y apoyó la frente en la
misma. Cuando la levantó, vio al perro, que sentado en el suelo movía la cola
mientras clavaba sus ojos marrones en ella. El ascensor tardó la eternidad en
subir, las puertas se zarandearon tanto al abrirse que parecieron desencajarse.
domingo, 4 de marzo de 2018
Raquel dejó a Joan
Raquel iba a dejar a Joan. Eligió el
día posterior a Navidad, cuando la gran fiesta habría pasado, para no ser el
tema de conversación de tan señalada fecha. El periodo vacacional de la
universidad en que ambos estudiaban había dejado mucho tiempo libre a Raquel
para razonar su decisión.
Cuando conoció a Joan, Raquel encontró
un “para qué” en su relación con él. En aquel momento de su vida, un poco menos
que un año atrás, Raquel tenía que descubrir qué era aquello de tener una
relación de adultos, en la que podía decidir qué hacer y cuándo, sin contar con
los mandatos directos de sus padres. El piso compartido de chicas estudiantes
le daba esta libertad. Tenía que hacerlo porque dentro de poco terminaría la
carrera y comenzaría a trabajar en un empleo de adultos, en el que su sueldo
dependería de las decisiones que tomara por ella misma.
Como todo romance que se precie, los
primeros tres meses estuvieron cargados de algodón de azúcar, veladas de
titanic y detalles de demostración de amor todos los días impares.
“Eres la luz que ilumina mi mañana”.
Con este mensaje en el móvil Joan despertó a Raquel el día que cumplían 5 meses
juntos. Era la tercera vez desde que comenzaron que había utilizado esa frase
(el móvil los contaba por ella) y la segunda este mes. Al chico se le agotaban
los recursos de Don Juan, mientras que Raquel comenzaba a aburrirse de la
rutina de pareja.
Como si la aguja horaria del reloj
fuese a la velocidad del segundero pasaron los siguientes meses. El mensaje
repetido marcó el ecuador de una relación que en su primera mitad había
concentrado el 90% de sus acontecimientos memorables. El 10% restante tuvo
lugar el 26 de diciembre.
Raquel no contactó a Joan hasta pasadas
las 6 de la tarde.
-
Sabes que me sienta muy mal que no me digas nada
en todo el día – dijo Joan. Su voz sonaba fría al otro lado del teléfono. La
explosión de un enfado acumulado.
-
Te estoy llamando ahora para quedar. ¿Qué te
parece si nos vemos en el parque Cervantes, el que hay cerca de mi casa?
-
No tengo muchas ganas de salir, ¿Por qué no
vienes tú a mi piso?
-
Eh … tengo que hablar contigo y me gustaría que
fuera en un sitio público.
-
¿Y eso? ¿Es que me vas a dejar?
Raquel guardó silencio. “Si le digo que
sí, ya no hace falta que quedemos, ¿no?”, pensó.
-
No Joan, es sólo que me apetece que me de el
aire.
-
Vale, nos vemos a las 9.
Sobre las 10:30 Raquel abrió sola la
puerta de su portal. Su conversación y su relación con Joan habían terminado.
Fue decisión suya. Una decisión de adulta que la trajo de vuelta a la
vulnerabilidad infantil que siente un niño cuando su juguete se rompe. Raquel
quería dejar a Joan, sí. Era un chico posesivo, que había sentido celos de
todos y cada uno de los seres vivos de género masculino con los que Raquel se
había relacionado, y sin más aspiración en la vida que tener muchos hijos,
supuestamente con Raquel.
Ella sabía que había tomado la decisión
correcta, que si la gestión de su vida amorosa fuera un trabajo, le hubieran
pagado un extra por esta acción. Por eso no entendió el vacío que sintió al
meterse en la cama aquella noche. En el guión de este ensayo de la vida de
adultos no encontró una explicación de por qué la ejecución de lo correcto no
necesariamente provoca sentimientos satisfactorios.
Feliz Domingo.
Feliz Domingo.
domingo, 18 de febrero de 2018
El bebé que habla
El bebé, recién salido del cuerpo de su
madre, dijo en voz alta: “Eso que llamáis nacer, no es más, que empezar a morir”.
La matrona que lo sujetaba por los tobillos lo soltó del susto y se llevó las
manos a la boca para tapar su sorpresa.
-
Espero que sea usted más cuidadosa cuando le
quite la vía a mi madre – dijo el bebé, mientras se sacudía los restos de
placenta de la cabeza y se ponía de pie. – Anda, pásame las tijeras y la pinza
esa cutre de plástico para el cordón umbilical.
-
Cariño, ¿qué pasa? – preguntó la madre, que
desde la cama no alcanzaba a ver lo que pasaba en el suelo. -¿Quién ha dicho eso?
-
Vaya, así que me ha tocado una madre sin
instinto. ¿Es que no reconoces la oz de tu hija? ¿o es que no esperabas que
fuera yo la que comenzara nuestra primera conversación?
Imitando los movimientos de un lémur,
el bebé subió por las patas del monitor al que su madre estaba conectada. Llegó
arriba y se sentó con las piernas colgando.
-
Sí señora, aquí estoy, ya soy tuya. Es lo que
querías, ¿no? 9 meses sin dolores de regla, ha debido de ser un gustazo, y
además este pobre que puso el esperma ha hecho de tu mayordomo todo este tiempo.
No te podrás quejar – dijo, subiendo una ceja y cruzándose de piernas.
La comadrona cayó de rodillas al suelo
y rompió a llorar. Los dos enfermeros que habían ayudado al parto, así como el
anestesista que también había vigilado el proceso, salieron corriendo del
paritorio, dejando volar tras de sí las mascarillas y los gorros verdes
desechables.
-
Amor, ¿en las clases de preparto mencionaron
algo sobre bebés que hablan? Igual a mí me pillaron mirando el móvil y no me
enteré – preguntó el padre a la madre -. Ya sabes que yo asistía sólo para
aprovecharme de los permisos que me daban en el trabajo.
-
Cielo, - a la madre se le aceleró la
respiración, cosa que no le pasó durante el parto, ya que la epidural eliminó
los síntomas físicos naturales de la parturienta. – Cariño, creo que estoy
teniendo alucinaciones. Igual al de la anestesia se le ha ido la mano.
-
Je je je, eso te gustaría a ti maja. No estás
alucinando. Soy tu bebita, a la que acabas de dar a luz, y sí, soy yo quien te
habla. ¿No decías que querías enseñarme todo de la vida, influir en un lienzo
en blanco para dejar tu huella? Pues, paradojas de la vida, yo he tomado
también mi decisión. Igual no estaba en tus planes que tu bebé se comportara
como un adulto ya en sus primeros momentos de vida, pero tampoco entraba en mis
planes nacer, y aquí estoy.
-
Ay señor de mi vida, ¿dónde está la cámara
oculta? ¿Quién nos ha dado el cambiazo? ¡¿Qué clase de muñeco infernal eres?!
¡Por dios bendito!
-
Verán ustedes, - contestó el bebé, que de un
saltó subió a la cama entre las piernas de la madre-. Lamento tener que ser yo
misma quien les desvele esta verdad sobre la vida, pero 40 semanas de gestación
han acabado con mi paciencia. – Miró al padre y dijo – Tener un hijo, una hija
en este caso, no es gratis ni la mayor satisfacción de vuestra vida. Tener un
hijo, una hija en este caso, no sirve para recibir una dosis diaria de cariño,
ni para sentirse realizado, o realizada – puntualizó, dirigiendo su mirada
hacia su madre.
>>
Tener una hija significa arrancar un alma de la inexistencia para tenerla en
casa durante al menos los 18 años que marca la ley. Si os separáis podéis
repartiros ese tiempo, truco que muchas parejas usan hoy en día. Y obligar a
alguien a vivir, a alguien consciente de su propia existencia es una decisión
cargada de consecuencias. Y no sólo para los padres, como se suele pensar. – El
bebé subió caminando por la cama hasta acercarse a la almohada, donde se
sentó. – Resulta que este tema vuestro
de querer ser padres también me afecta a mí. Y a mí, nadie me ha preguntado.
-
Virgen de la macarena, ¡que venga un médico! ¡
Socorro! ¡Que venga alguien por favor! – exclamó la madre que arañaba las
sábanas al intentar levantarse, pero la epidural mantenía sus piernas dormidas.
-
¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien se lleve a este
demonio! – gritó el padre, que se escondía aterrorizado detrás de la cama.
-
Ay ….. no…. no soy ningún demonio, ni nadie me
va a sacar de aquí. Ahora sois vosotros, mis padres, lo que acarrearéis conmigo
allá donde yo os pida que me llevéis, cuando yo quiera y como se me antoje. Querida
madre, si te ha parecido normal que esos 3 que han salido huyendo tuvieran que
empujar tu barriga para que yo saliera, en lugar de hacerlo tú como madre
voluntaria que eres, también deberá parecerte normal que yo te de órdenes, ¿no?
¿No pretenderás que yo esté aquí también ara satisfacer tus deseos? Para eso
haberos comprado un perro, o más barato aún, haberlo adoptado de la perrera. Querido
papi, más te vale ir lavándome que si la placenta se seca se arranca muy mal de
la delicada y suave piel de un bebé como yo. A ver si mientras se le pasa el
atontamiento a este inútil que tienes por novia. Y espero que la ropa que me
hayáis traído para el primer día de mi vida vaya a juego con mis ojos, porque
si son, esta noche va a dormir Rita la cantaora. Lo que sois vosotros, no vais
a pegar ojo.
Sugerencias: la secuencia de reacciones
está separada en el tiempo. Aclarar desde el principio de los discursos que es
el bebé quien habla, para darle aire y facilitar la comprensión. Frases más cortas.
Etiquetas: idas y vueltas, intentos
sábado, 10 de febrero de 2018
recuerdo en el recuerdo
Una larga fila de turistas blancos pisoteaba la cresta de la
duna. En el corazón del desierto de Namibia, las dunas están compuestas sólo de
arena naranja fina, sobre un suelo desnudo cubierto nada más que de la misma
arena.
Como caprichos de la naturaleza, estos montículos se
presentan estables bajo un cielo de azul uniforme y estático, sin mancha,
coronado por el sol meridional africano. El grupo de viaje del que yo formaba
parte estaba compuesto por personas que no nos conocíamos de nada, más allá de
los acompañantes que voluntariamente cada uno había elegido. El azar y la
agencia que nos vendió el viaje crearon una familia temporal que duraría los 24
días de itinerario. Esa mañana, la actividad programada era subir la duna
conocida como “45” y ver amanecer desde allí. Como ovejas que siguen al pastor,
mi grupo y otros seguíamos la línea que separa las dos laderas de la duna,
manchando con los colores de nuestras vestimentas del primer mundo aquel paraje
que daba cobijo a las criaturas del desierto. Una vez bajamos, todos en la
misma fila que formamos al subir, nos dirigimos a un antiguo lago salado
próximo a la duna. Su suelo era blanco, duro, con grietas, sobre las que se erigían
los esqueletos de los árboles que el viento había respetado. Dicho suelo, el
naranja fosforito de las dunas que lo rodeaban y el azul cyan infinito del
cielo recreaban la imagen de un helado del corte de tres sabores al que
apetecía darle un bocado.
Me despegué del grupo, ya que la extensión del lugar de
visita me lo permitía, y sola caminé buscando la frontera del lago con la duna
del fondo. Una vez tomada cierta distancia, por escuché el sonido del viento
libre que allí corría. Un viento que no conocía fronteras y avanzaba y retro
cedía a placer según la presión atmosférica. Ya había escuchado antes ese
sonido, en un lugar lejano en el tiempo y la distancia. Ese susurro me trasladó
a las llanuras hondeadas de la mancha, en las que pasé los primero diecisiete
años de mi vida. De alguna manera, este viaje también era un retorno a mi yo
ancestral, al que escuchaba la naturaleza.
La cultura rural se inventa santos que ayudan a las cosechas
como excusa para comer, beber y hacer comunidad. El 25 de Abril, San Marcos, es
un día consagrado a la merienda con familia en el campo. Una hogaza de pan con
un huevo y un chorizo es el alimento top ventas que asegura los ingresos de los
panaderos ese día.
Mi madre nos llevaba a las 5 hermanas a donde mi padre
estaba trabajando ese día. Los parajes manchegos son llanuras salpicadas de
pequeños montículos de tierra roja, hierbas silvestres verde oscuro y piedra
gris que bordean los campos de cultivo de cereal, olivos y vides. En primavera,
el sol aparece ante las escasas nubes y da al cielo un color azul claro que
aporta el tono de paz acorde con la tierra. Todas éramos fruta de la unión
azarosa de células de esos dos adultos, que voluntariamente se unieron y
normalmente formábamos una fila ordenada por edad.
Ese San Marcos asentamos la manta que servía de mantel a la
sombra de una encina, en la ladera de un cerro rodeados de trigo y centeno en
crecimiento. Una vez habíamos comido, la animada conversación en familia sobre
el cole, los vecinos y la sequía bajó de volumen e intensidad. Así, aproveché
para alejarme un poco, caminé hacia el sembrado y a dos metros de llegar a éste
una ráfaga de viento me atravesó. El silbido de ese viento me enseñó en mi
infancia que hay sonidos naturales cuyo origen no es un ser vivo. Y me despertó
la curiosidad por conocer lugares donde los humanos aún no habitan.
- ¡Rosa,
ven aquí!
Esta llamada materna en mi recuerdo irrumpió en mi andadura
solitaria en el lago seco del desierto. Escuché aquí de nuevo mi nombre, con un
tono de sugerencia en lugar de imperativo, de la guía de nuestro viaje, que, a
fin de cumplir el timing de la jornada, nos recogía de nuevo hacia el camión,
el redil móvil que nos llevaría al siguiente destino del viaje.
Etiquetas: intentos
domingo, 26 de marzo de 2017
Curso de escritura creativa
Estoy
haciendo un taller de escritura creativa a distancia. Una de las prácticas que
nos han enviado es que nada más levantarnos escribamos durante 5 minutos lo que
se nos venga a la mente. Y aquí estoy. Aún no he cambiado la hora del
despertador (sí, tengo despertador, me lo compré después de que gracias a mi
móvil sin batería llegara tarde a currar), con el sol que hace igual salgo a
generar un poco de vitamina D, porque no he quedado con nadie hasta bien
entrada la tarde. Soy libre, cada día un poco más, y eso me encanta. No cambiaría
mi libertad por nada. Y ahora es cuando aparece algo que se me lleva la
libertad … ya no hay nieve en la montaña de enfrente. Como dice el refrán “si
durara la mala vecina, lo que la nieve Marcelina!”. No recuerdo qué he soñado
esta noche.
Y
se supone que con este ejercicio van saliendo temas que nos pueden inspirar a
escribir un relato más largo. Realmente yo … no sé si tendré tiempo para
escribir algo que ocupe más de una página, que sea bueno claro. Tampoco es esa
la finalidad del curso. Para mí es pasármelo bien y descubrir ese yo que soy
escribiendo.
¿Has
descubierto algún tú tuyo últimamente?
Feliz
domingo.
Etiquetas: intentos, pa ké contate pa ké
martes, 29 de octubre de 2013
Mártoles.
Me despierto
cuando todos duermen y el silencio suena. Cuando nadie repara en qué hora es,
en el momento en el que eso no importa a nadie. Cada uno inmerso en sus más
profundos miedos y aventuras. Liberado de toda obligación, agradecidas las
personas de poder por unas horas dejar de existir.
Mientras tanto
yo revivo, reivindico mi existencia doblando la ropa. Utilizo la tecnología
para suplantar las horas de vida en que trapaceo a gusto. Por el momento,
subsisto.
Hasta que el
segundero me recuerda que yo también tengo miedos y aventuras por vivir. Que la
ropa se dobla para ponérsela uno después, y que la obligación debe ser pura
trapacería que disfrutar.
Feliz Mártoles.
Etiquetas: idas y vueltas, intentos, vivencias
domingo, 28 de abril de 2013
Adam.
Adam era un chico listo, muy listo. Es
de esas personas con un don que le permite analizar rápidamente cada situación y
conocerla a fondo sin esfuerzo. Le encanta ganar, además le resulta fácil
conseguirlo gracias a ese ojo avizor que dios le ha dado, combinado con un
humor buenrollista al que pocos se muestran reacios.
Adam siempre se las había apañado
para salir indemne de todos los líos en que la vida lo metía. De todos excepto
del aquel en el que él mismo se había metido. Adam se había ido adaptando a las
mujeres que la vida le había puesto por delante. No siempre las había elegido
él. Lo que Adam elegía era no estar solo, no sabía cómo vivir solo. Y como ser
humano hombre que Adam era, no siempre tenía el valor para cerrar los libros
que ya había leído, o los que no le gustaban. Siempre esperaba que alguien, ya
fuese el propio libro, u otro nuevo que apareciese en el momento y lugar
oportunos, le facilitaran este trabajo. Las mujeres que Adam había leído (u hojeado)
hasta el momento, le había concedido siempre ese favor, casi sin insistir y por
supuesto sin pedir nada a cambio.
Todo había sido relativamente fácil
hasta que Adam trajo a un nuevo libro al mundo. Todo el mundo sabe que siempre
que se tiene un libro es una mujer quien lo gesta, y que esa mujer normalmente
es el libro que uno se está leyendo. Y cuando un tercer libro, creación
conjunta, entra en juego, cerrarlos ya no es tan fácil. Los irremediablemente
fuertes cables que la preciosa libretita había entrelazado en su corta vida
hacían imposible que Adam pudiera siquiera plantearse rasgar.
Y así se encontraba Adam, buscando
desesperadamente alguien que ataviado con fantasiosos alicates le liberase de
la telaraña que actualmente conformaba su vida ideal de libro. Echando mano de
cualesquiera candidatas por doquier, sin importarle a Adam el deterioro que
esto podía causar a quien, totalmente ajena a semejante pitote, se veía sin
quererlo envuelta en algo de lo que prefería no haber tenido ni el más mínimo
conocimiento.
-
Lo
siento Adam, sencillamente no.
Etiquetas: intentos

