sábado, 10 de febrero de 2018

recuerdo en el recuerdo


Una larga fila de turistas blancos pisoteaba la cresta de la duna. En el corazón del desierto de Namibia, las dunas están compuestas sólo de arena naranja fina, sobre un suelo desnudo cubierto nada más que de la misma arena.
Como caprichos de la naturaleza, estos montículos se presentan estables bajo un cielo de azul uniforme y estático, sin mancha, coronado por el sol meridional africano. El grupo de viaje del que yo formaba parte estaba compuesto por personas que no nos conocíamos de nada, más allá de los acompañantes que voluntariamente cada uno había elegido. El azar y la agencia que nos vendió el viaje crearon una familia temporal que duraría los 24 días de itinerario. Esa mañana, la actividad programada era subir la duna conocida como “45” y ver amanecer desde allí. Como ovejas que siguen al pastor, mi grupo y otros seguíamos la línea que separa las dos laderas de la duna, manchando con los colores de nuestras vestimentas del primer mundo aquel paraje que daba cobijo a las criaturas del desierto. Una vez bajamos, todos en la misma fila que formamos al subir, nos dirigimos a un antiguo lago salado próximo a la duna. Su suelo era blanco, duro, con grietas, sobre las que se erigían los esqueletos de los árboles que el viento había respetado. Dicho suelo, el naranja fosforito de las dunas que lo rodeaban y el azul cyan infinito del cielo recreaban la imagen de un helado del corte de tres sabores al que apetecía darle un bocado.
Me despegué del grupo, ya que la extensión del lugar de visita me lo permitía, y sola caminé buscando la frontera del lago con la duna del fondo. Una vez tomada cierta distancia, por escuché el sonido del viento libre que allí corría. Un viento que no conocía fronteras y avanzaba y retro cedía a placer según la presión atmosférica. Ya había escuchado antes ese sonido, en un lugar lejano en el tiempo y la distancia. Ese susurro me trasladó a las llanuras hondeadas de la mancha, en las que pasé los primero diecisiete años de mi vida. De alguna manera, este viaje también era un retorno a mi yo ancestral, al que escuchaba la naturaleza.
La cultura rural se inventa santos que ayudan a las cosechas como excusa para comer, beber y hacer comunidad. El 25 de Abril, San Marcos, es un día consagrado a la merienda con familia en el campo. Una hogaza de pan con un huevo y un chorizo es el alimento top ventas que asegura los ingresos de los panaderos ese día.
Mi madre nos llevaba a las 5 hermanas a donde mi padre estaba trabajando ese día. Los parajes manchegos son llanuras salpicadas de pequeños montículos de tierra roja, hierbas silvestres verde oscuro y piedra gris que bordean los campos de cultivo de cereal, olivos y vides. En primavera, el sol aparece ante las escasas nubes y da al cielo un color azul claro que aporta el tono de paz acorde con la tierra. Todas éramos fruta de la unión azarosa de células de esos dos adultos, que voluntariamente se unieron y normalmente formábamos una fila ordenada por edad.
Ese San Marcos asentamos la manta que servía de mantel a la sombra de una encina, en la ladera de un cerro rodeados de trigo y centeno en crecimiento. Una vez habíamos comido, la animada conversación en familia sobre el cole, los vecinos y la sequía bajó de volumen e intensidad. Así, aproveché para alejarme un poco, caminé hacia el sembrado y a dos metros de llegar a éste una ráfaga de viento me atravesó. El silbido de ese viento me enseñó en mi infancia que hay sonidos naturales cuyo origen no es un ser vivo. Y me despertó la curiosidad por conocer lugares donde los humanos aún no habitan.
-       ¡Rosa, ven aquí!
Esta llamada materna en mi recuerdo irrumpió en mi andadura solitaria en el lago seco del desierto. Escuché aquí de nuevo mi nombre, con un tono de sugerencia en lugar de imperativo, de la guía de nuestro viaje, que, a fin de cumplir el timing de la jornada, nos recogía de nuevo hacia el camión, el redil móvil que nos llevaría al siguiente destino del viaje.

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